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Análisis - Global

La hora de la responsabilidad en la era digital

Pablo García de Castro y Sofia Zerbino Rachetti *

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La industria tradicional está compitiendo con actores no tradicionales que proveen a los consumidores de productos o servicios que son sustitutos de los que ofrecen los primeros y erosionan sus ingresos… La regulación convergente del ecosistema digital (telecomunicaciones, medios y contenidos) tiene que centrarse en generar una sana competencia, colocando al usuario, y la protección de sus derechos, en el centro; impulsando la calidad de los servicios, y resguardando la privacidad y la protección de los datos personales.

Internet es hoy una tecnología omnipresente, fundamental para articular la participación democrática en nuestras sociedades. Una superestructura global que ha redefinido la forma en que nos comunicamos e informamos, cómo consumimos o cómo nos relacionamos. En definitiva, ha modificado la forma en cómo vemos y cómo somos en el mundo. Esta capacidad transformadora hace necesario que promovamos que nuestra red sea abierta, segura, fiable e inclusiva. Es fundamental que avancemos lo más rápido posible hacia la universalización del acceso, pues no hay mayor desigualdad que la existente entre la mitad de las personas del mundo que acceden a internet y la mitad que no. Una brecha digital que es a su vez la brecha de la pobreza. Internet tiene la potencialidad de ser motor de oportunidades y desarrollo, pero existen amenazas que exigen de un alto grado de responsabilidad por parte de todos los actores del ecosistema digital para avanzar hacia el escenario deseado de un mundo globalmente conectado, en el que se respeten los derechos humanos, con acceso libre a la información y al conocimiento.

Precisamente la esfera de la información y el conocimiento, la de los medios de comunicación, ha sido desde el nacimiento de lo digital uno de los sectores más impactados. Las constantes transformaciones en formatos, soportes, modos de distribución y consumo, han transformado y retransformado la industria media. En una sola generación hemos pasado de tener un puñado de canales en nuestra TV de tubo a cientos de canales -a los que hay que sumar otras plataformas de contenidos- que podemos ver en televisiones inteligentes, tablets o celulares; pasamos del cassette a la música on demand pasando por CDs, MP3s, o las reapariciones del vinilo; la radio se reinventó y vimos nacer internet y las redes sociales; la información salió del noticiero del almuerzo y se convirtió en un flujo constante, y a gusto del consumidor. La aguja hipodérmica o la bala mágica, unidireccionales, de los primeros estudios de comunicación de masas de hace un siglo, dejó sitio a un menú con más espacios de decisión para los usuarios.

Sin embargo, los cambios tecnológicos acelerados también trajeron algunas transformaciones que resquebrajaron consensos, en los que hasta hoy creemos. Los medios, situados como cuarto poder ocupaban el espacio del control a la élite política, y en ellos, tercerizábamos la función de contarnos a nosotros mismos la historia del presente. Estos medios se convirtieron en grandes empresas, sostenidos por esquemas de mercado que les hacían sólidos y estables, con un gran pilar: la publicidad. Desde hace unos años la llegada de los medios digitales ha supuesto un cambio disruptivo en este ecosistema, absorbiendo buena parte de los recursos publicitarios (su participación en la torta se duplicó entre 2009 y 2015, y no ha dejado de crecer) (1). El nacimiento de los medios digitales ha abaratado costes y a democratizado el acceso al discurso; pero ha generado, por un lado, el nacimiento de grandes plataformas globales -la mayoría estadounidenses- que han concentrado el mercado, sobre todo en algunas capas del mismo; y por otro lado una hipersegmentación de pequeños medios digitales que filtra la conversación provocando efectos burbuja, donde escuchamos menos a quienes piensan distinto y potencia la polarización, sobre todo en redes sociales. Además, los profesionales de los medios han visto como se han deteriorado en este periodo sus condiciones laborales.

Los impactos de las transformaciones digitales han trascendido el campo de las TIC, produciéndose cambios disruptivos también en otros muchos sectores. La combinación y uso inteligente de las tecnologías digitales como IoT, Inteligencia Artificial, Machine Learning, Big Data, 5G, vienen a facilitar el establecimiento del prosumidor (el individuo que produce y consume) de contenidos, pero esto también se aplica a sectores como el de la energía, el transporte/movilidad, el XaaS, o la banca, por nombrar algunos. Lo que conocíamos como comercio de bienes y servicios tradicionalmente, se está desequilibrando debido a la entrada irruptora de un nuevo jugador: el comercio electrónico, que va ganando terreno a pasos de gigante. La industria tradicional está compitiendo con actores no tradicionales que, proveen a los consumidores de productos o servicios que son sustitutos de los que ofrecen los primeros y erosionan sus ingresos. La mal llamada a veces “economía colaborativa”, ha traído positivos cambios innovadores en múltiples campos, pero también está poniendo en jaque derechos laborales adquiridos durante décadas.

Dos caras de la misma moneda

Estamos inmersos en una era de múltiples transformaciones, que, al tiempo, pueden suponer importantes beneficios para los ciudadanos y a su vez acarrear riesgos desde el punto de vista de la deliberación pública, el mercado laboral, o incluso de la integridad de las personas. Esto mismo sucede con elementos que generan tan amplios consensos como la propia Democracia. Pero, a pesar de sus defectos, ¿somos capaces de negar sus beneficios? Internet no es diferente. Hay que ser conscientes de sus riesgos y deficiencias, sobre los que tenemos que actuar para asegurar una red confiable y justa. Internet sin duda actúa como articulador de la participación y como democratizador del acceso a la información y al conocimiento, pero esto exige de una enorme responsabilidad de todos los actores involucrados en maximizar la capacidad de generar entornos seguros, competitivos e innovadores, en los que los usuarios puedan elegir libremente. En este sentido la regulación, ahora convergente, del ecosistema digital (telecomunicaciones, medios y contenidos) tiene que centrarse en generar una sana competencia, colocando al usuario, y la protección de sus derechos, en el centro; impulsando la calidad de los servicios, y resguardando la privacidad y la protección de los datos personales.

“Maestro Matiste: ¿Qué pensará la gente?
Charles Foster Kane: Soy una autoridad en lo que la gente pensará”. (2)

La frase del clásico film “El ciudadano Kane” nos habla de que los atentados y abusos contra la audiencia, los consumidores de noticias existieron desde siempre. ¿Es Internet el verdadero problema? Como señala el investigador argentino Martín Becerra, debemos distinguir entre las “falsas noticias” que siempre existieron, y el peligro de la desinformación voluntariamente divulgada con fines concretos. Necesitamos de grandes dosis de honestidad y de responsabilidad por parte de todos, medios tradicionales y digitales, comunicadores de todos los ámbitos (no sólo los periodistas de medios de comunicación), de los dueños y constructores de las empresas y plataformas de internet, así como de las nuevas tecnologías; de las instituciones públicas, y por su puesto también de los usuarios. La educación juega aquí un rol clave para dejar atrás la etapa adolescente de la Era digital. Se debe dar paso a un nuevo momento de responsabilidad que frene fenómenos como el de la posverdad y la desinformación. En este sentido, son inspiradores los acuerdos entre partidos políticos, periodistas, medios e intermediarios de Internet para un “Compromiso Ético Digital” impulsado en Argentina por la Cámara Nacional Electoral, o el “Pacto Ético contra la Desinformación” firmado en Uruguay con el impulso de la Asociación de la Prensa.

Vivimos en una nueva era digital a la que le ha llegado la hora de la responsabilidad. Nos corresponde, a cada uno desde nuestro lugar y a nuestra escala, pero juntos, encaminar el rumbo de las transformaciones tecnológicas hacia el progreso social y la reducción de la desigualdad. El uso y consumo responsable, y mantener un rol activo y consciente, son la mayor garantía para el pluralismo, que se logra con la participación comprometida de todos los actores sociales.

* Responsables de Comunicación de la Asociación Interamericana de Empresas de Telecomunicaciones (ASIET).

(1) El Ecosistema y la economía digital. Raúl Katz, 2015.

(2) Extracto de diálogo de la película El ciudadano Kane, de Orson Wells (1941)

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