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Análisis - Regional

¿Qué podemos aprender sobre la resiliencia de Internet en el contexto de COVID-19?

Diego R. Canabarro (*)

El COVID-19 fue una prueba de resistencia, estabilidad y escalabilidad de Internet en varias partes del mundo. Con un número creciente de personas conectadas a redes hogareñas y la necesidad de adaptar prácticamente todas las actividades en los sectores público y privado para operar remotamente, hemos podido observar preguntas relacionadas con la capacidad o no de Internet para resistir a esos cambios. Lo que se observó realmente, en el contexto de la pandemia y el aislamiento social, fue un cambio en el centro de gravedad de los flujos de datos, desde las redes utilizadas en las zonas de trabajo a las redes utilizadas en los hogares. Y también, una distribución más homogénea del tráfico de datos entre los períodos diurnos y nocturnos (en los últimos años, el pico diario generalmente ocurre por la noche). Este cambio repentino generó preocupación, pero con el tiempo se estabilizó.

Obviamente, algunas redes hogareñas y redes de última milla en Internet fija así como redes móviles de algunos operadores mostraron algún tipo de congestión debido al mayor uso, pero esto ocurrió básicamente con los que operan al límite de la capacidad operativa y con poco margen para escalar su nivel de servicio. Sin embargo, de ninguna manera estos eventos pueden generalizarse para referirse a Internet en su conjunto. Me atrevería a decir que «Internet no se ha derrumbado» en los términos promocionados por muchos precisamente porque su arquitectura es «resistente por diseño».

En cierto sentido, no es correcto hablar de Internet (ya sea en un país en particular o en el mundo en general) como si fuera uno. «Internet» se refiere al conjunto de decenas de miles de redes lógicas que utilizan la infraestructura de telecomunicaciones en todo el mundo para transmitir datos de un extremo a otro utilizando un conjunto común de protocolos fundamentales. Las redes que componen Internet son inherentemente diversas y heterogéneas, exactamente como es variable la condición de la infraestructura de telecomunicaciones existente en un cierto espacio.

Este montón de redes a veces tiene características tecnológicas, de gestión y de gobernanza corporativa muy similares. Pero es muy probable que lo único que sea efectivamente homogéneo en un entorno tan vasto y diverso sea el conjunto de protocolos que garantizan la uniformidad de su funcionamiento como una gran red de redes. Si la diversidad de los componentes de esta parte más infraestructural de Internet es enorme, la complejidad del ecosistema aumenta aún más cuando consideramos los diferentes servicios y aplicaciones que utiliza Internet para funcionar. Consciente de esto, sigo diciendo que no existe riesgo de colapso total o apagón generalizado de Internet frente a los cambios resultantes de las medidas de aislamiento social.

En estos días se puede afirmar con seguridad que algunas predicciones más alarmantes no se han confirmado en gran medida debido a la acción rápida y más o menos coordinada y colaborativa de los proveedores (servicios de telecomunicaciones, acceso a Internet y servicios y aplicaciones), organismos reguladores, comunidades técnicas involucradas en la gestión de recursos críticos para el correcto funcionamiento de Internet en todo el mundo y los propios usuarios (individuales y corporativos). Sin embargo, el estrés causado por los cambios en el contexto de la pandemia sirvió como una forma de indicar los límites reales de la infraestructura existente y puede ayudarnos a identificar quiénes operan en el límite máximo de la infraestructura disponible y, por otro lado, justamente aquellos que actúan de manera responsable con sus obligaciones frente al sector público y que respetan sustancialmente los contratos que mantienen con sus clientes. Del mismo modo, los límites de la conectividad móvil para llevar a cabo ciertas actividades en línea (como el teletrabajo, la educación a distancia e incluso el ocio) se han hecho aún más evidentes.

Las condiciones de conectividad varían ampliamente de un lugar a otro dentro del mismo país (y de un país a otro cuando las consideramos en una perspectiva comparativa). Aunque algunas plataformas más grandes ocupan una posición dominante entre las aplicaciones y servicios más utilizados (hablo obviamente del mundo occidental), las características (y condiciones) de uso y consumo no siempre son convergentes y homogéneos cuando se toman en cuenta los aspectos demográficos, condiciones socioeconómicas y políticas en torno a las personas que usan Internet en varias partes diferentes del planeta. Inclusive es aún más grave generalizar algo sobre Internet cuando se consideran todas las dimensiones de la brecha digital: entre el mundo desarrollado y el sur global; entre aquellos que ya están conectados y aquellos que no están conectados; entre aquellos que están efectivamente conectados y calificados para usar todo el potencial de las TIC y aquellos que son solo estadísticas.

Es necesario reconocer que en algunos países, las autoridades públicas han tomado medidas para tratar los servicios de telecomunicación como «esenciales» para garantizar el mantenimiento de redes. Igualmente, redujeron temporalmente las exigencias burocráticas para facilitar, por ejemplo, la instalación de equipos (dispositivos y antenas). Además, en algunos casos, el uso de bandas restringidas del espectro electromagnético fue liberado para uso en redes móviles e inalámbricas con el fin de aumentar la gama de servicios existentes y permitir la ampliación de redes existentes y el despliegue de nuevas. En otros, los sectores público y privado desarrollaron planes de contingencia con la provisión gratuita de un plan «mínimo existencial» de voz y datos para que parte o toda la población pudiera tener acceso a sitios y aplicaciones esenciales de salud, entre otros. En algunos contextos, inclusive, esto se ha visto acompañado por aumentos o retiros de los límites de la franquicia de datos en Internet móvil, así como la creación de una lista de servicios y aplicaciones ciudadanas accesibles sin costos mediante prácticas de zero rating.

Todavía se puede hacer mucho más, tanto para ampliar la disponibilidad del servicio para los que ya están conectados, como para aquellos que siguen excluidos. En el primer caso, por ejemplo, es esencial que las redes que soportan servicios esenciales, públicos o privados, se integren en los puntos de intercambios de tráfico existentes localmente con el objetivo de reducir la ocurrencia de «vueltas largas» para el intercambio de datos entre redes cercanas (generando alivio adicional en la infraestructura subyacente y permitiendo ahorros de recursos que pueden revertirse a otros fines en beneficio de la comunidad). En el otro tema, conectar a los no conectados, es necesario reconocer algo que quedó aún más claro (y dramático) en el contexto del COVID-19: la importancia de estar conectado como requisito de ciudadanía. Y principalmente las diferencias enormes entre quién está conectado y quién no está conectado, y también las diferencias entre las personas que disfrutan de diferentes condiciones de conectividad. Dichas diferencias generan distintos niveles de capacidad de ejercicio de la ciudadanía. Por esa razón, más que señalar los límites del sector público y el sector privado en la inclusión digital plena y efectiva, es necesario traer al centro del debate los modelos alternativos y complementarios que, en conjunto a los modelos de políticas y acciones empleados por gobiernos y empresas, pueden contribuir para que nuestra región llegue un poco más cerca del horizonte de inclusión digital y social que deseamos. Tal vez es hora de mirar con un poco más de atención a las lecciones que se pueden extraer de las redes comunitarias que existen en América Latina y otras partes del mundo, donde, con muy poco y con pleno respeto por la autodeterminación comunitaria, se puede hacer mucho para lograr el desarrollo socioeconómico y cultural con el apoyo de las TIC.

De todo, lo que realmente no merece prosperar, en mi más humilde opinión, son recomendaciones (como algunas que se emitieron durante la pandemia) que cargan la libertad de las personas para disfrutar de la tecnología bajo la bandera del «uso responsable». Además de llevar un fuerte componente moral que ignora la diversidad y la pluralidad de millones de usuarios de Internet y que ni siquiera debería ser parte de la ecuación que se necesita resolver con respecto a la creciente disponibilidad, resistencia y estabilidad de la infraestructura, el énfasis en el «uso responsable» termina por poner en la sombra actitudes irresponsables en el dimensionamiento y la gestión de las TIC por parte de los diferentes actores a cargo del tema en los niveles nacional, regional y internacional. En lugar de sobrecargar a quienes deben ser bien atendidos por estos últimos, es mejor que hablemos con apertura y transparencia sobre la realidad estructural que condiciona y limita nuestras acciones. Porque, como nos diría Eduardo Galeano, para cambiar la realidad, es necesario, antes que nada, conocerla.

(*) Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Rio Grande do Sul (UFRGS), Brasil. Es investigador asociado al Centro de Estudios Internacionales sobre Gobierno de la misma institución y al Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología en Democracia Digital (INCT-DD). Trabaja para Internet Society (ISOC). Las opiniones expresadas en este texto son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de estas instituciones.

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